viernes, 22 de octubre de 2010

El escozor de Ogromalva

Uno no va muy contento a las citas con Hacienda Somostodos. Recibí una carta con una Propuesta de Liquidación Provisional, un eufemismo que esconde un majete ven por aquí que algo no cuadra. En la carta explicaban no tener constancia de unas donaciones que yo aseguraba haber realizado. Nada menos que 75 € me reclamaba Somostodos. Los que vivimos de una nómina, sin complicaciones patrimoniales, dividendos de acciones y otras zarandajas, elaboramos una declaración de I.R.P.F. de lo más sencillita. Hasta yo con mis cortas luces y sin ayuda de un gestor soy capaz de cumplir correctamente con Somostodos. Aún así, aunque aparentemente tranquilo, un gusanillo me rondaba el píloro cuando acudí a mi cita. Con mi traje inmaculado, mi corbata chupiguay y mis justificantes bajo el brazo llegué a la Delegación de Hacienda: calefacción insoportable a mediados de octubre, escáner de entrada, tres pitidos, tres veces me hurgué los bolsillos (el móvil, el llavero, las monedas, las gafas de sol, el pendraif…) mostrador de información, tome usté su numerito y espere su turno en esa sala de la derecha. Número 478. Paso a la sala y está vacía, sólo tres señoritas –es también un eufemismo, porque al menos una era un auténtico ogro– sentadas tras los mostradores números uno, dos y tres, conversaban tensamente de Fulanadetal que a juzgar por sus poco comedidas palabras debía ser la más malvada de las malvadas jefas de sección del panorama funcionarial epañó. En la pantalla aseguraban que el último número llamado había sido el 477 pero ya lo habían despachado pues allí, a este lado de los mostradores, sólo estaba yo ocupando una de las más de treinta sillas vacías. Eso sí, asistiendo al visceral despellejamiento de Fulanadetal que mira que debe ser mala la tía.

Apenas cinco minutos después, tiempo que empleé en comprobar cienes de veces mis dos justificantes de las donaciones que a Somostodos no le constaban, sonó el timbrecito y mi 478 parpadeó en la pantalla. Y sí, me tocó el ogro, la señorita de la ventanilla número tres. Intentaré objetividad: bajita, muy poco más de metro y medio, más de cincuenta tacos, ropaje colorido pero difícilmente definible –yo lo llamaría trapillos– y gesto seco que supuse era debido a la malvada Fulanadetal, más tarde comprobé que no. Lo más llamativo era su pelo, ni largo ni corto, algo estropajoso y en punta y de un llamativo tono que, de raíz a punta, evolucionaba del malva florecilla al morado penitente. Sí, como Lucía Bosé pero con menor estilo, menor estatura, menor edad y en morado.

Comencé, insensato, con un ignorado buenos días y al mismo tiempo que enseñaba el sobre recibido días atrás cometí la imperdonable felonía de comentar que había recibido un requerimiento de Somostodos. No pude continuar pues Ogromalva me cortó en seco. Ladró que eso no era un requerimiento, ignorante de mí, era una Propuesta de Liquidación Provisional. Empezábamos bien. Intenté arreglarlo pidiendo disculpas por mi monumental error e intentando pedir explicaciones sobre cómo debía aportar mi documentación. Ogromalva sólo gruñó un “a ver” mientras de puntillas estiraba su morada mano para arrancar los justificantes de la mía. Y hasta aquí duró la amabilidad, sí, la amabilidad, que no me he equivocado que lo que vino después fue indescriptible.

Ogromalva se apoderó de mis justificantes, pasó la vista sobre ellos y entró en trance. Aquél indefinible rictus no presagiaba nada bueno… y así fue. Tornó en una horrible mueca y torció la nariz en un gesto que parecía estar oliendo el más fétido y pútrido pedo. La espuma de su boca, el fondo de sus ojos y la punta de sus pelajos eran ahora del mismo color. Morado, efectivamente.

Ogromalva me mugió que esos “papeles” no valían, me sacó un Manual de Somostodos en el que, según entendí entre estertores, se aseguraba que en los recibos debía constar esto y aquello y que me fuese por donde había venido, tomase un nuevo numerito para el mostrador de Caja y abonase los 75 lereles que había “defraudado” a Somostodos. Se entabló una discusión en la que sólo se le oía a ella o eso creo aunque no puedo asegurarlo pues yo intenté mantener un tono bajo. Me empeñé en aportar mis justificantes y Ogromalva, erre que erre, que no y que no. Y yo que sí y ella cada vez más de puntillas y más morada que de ninguna manera. Los bufidos de Ogromalva salpicaban perdigones y yo estaba cerrando el puño para soltarlo sobre el mostrador con un sonoro taco… cuando apareció Fulanadetal y retiró a su púgil al rincón. Ogromalva, llegado este punto, no quería abandonar el combate y siguió gritando mientras la señorita del mostrador número dos le acompañaba del brazo despacho adentro. Antes de que se la llevasen pensé en sacar 75 euros y darme el gustazo de ciscarme en su sagrada progenitora pero no lo hice y aún no sé si me arrepiento. Lo último que escuché fue un profundo y amargo "todos sois iguales" en un grito retorcido y rebosante de hiel.

Fulanadetal me sonrió. Aluciné. Me conquistó. Era una mujer normal. Admitió mis justificantes y procedió a tramitar mi alegación. Y ya está. Tal vez a ella no le molestaron mis donaciones al Partido Popular y a una institución perteneciente a la Iglesia Católica.

Juanma García Gay