miércoles, 9 de junio de 2010

Tribulaciones de un funcionario (II)

Sigo sorprendiéndome con lo voluble de las cifras. Según los sindicatos, ayer estuvieron de huelga tres de cada cuatro funcionarios, según el Gobierno uno de cada diez. La diferencia es el éxito que venden unos y el fracaso de la realidad que observamos la mayoría, los que no secundamos la huelga. Pero no voy a hablar de sindicatos, algo que me interesa y mucho pero que dejaré para otra ocasión. Prometí continuar con mis tribulaciones funcionariales y es lo que voy a hacer a continuación.

Me gustó mucho el artículo que publicaron mis amigos del Estudio Jurídico Hermosilla a propósito de los funcionarios (podéis leerlo aquí) y que en pocas líneas ilustra fielmente una realidad con el mérito añadido de haber sido escrito por quien no pertenece a la Función Pública. Es difícil encontrar gente de esta opinión. Al oír la palabra “funcionario” por lo general las ideas de apatía y privilegios son las primeras que vienen a la mente del común de los mortales.

Según la R.A.E. un privilegio es la exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia. Creo, por tanto, que no existe ningún privilegio en la condición funcionarial. Primero porque nadie nos ha concedido absolutamente nada de forma graciosa y segundo, porque las circunstancias propias de los funcionarios están al alcance de todos… de todos aquellos que quieran dejarse los bigotes bajo un flexo y quieran sacar una plaza en una oposición. Respecto a la apatía allá cada funcionario. Debo reconocer que un mísero sueldo y unas nulas o escasísimas oportunidades de promoción profesional no alientan la emoción diaria por acudir al trabajo pero es algo que también le ocurre a un charcutero. La dignidad de cada uno, algo absolutamente personal, es lo que hará que desempeñes mejor o peor tu labor.

Inmersos en la situación actual no quiero analizar cuál ha sido el camino que hasta aquí nos ha traído. Estamos donde estamos y todos sabemos cuáles son las circunstancias singulares de la crisis en España, sus causas, sus orígenes y su previsible evolución. Apartando estas premisas y centrándonos en el problema en sí, con independencia de quien lo haya agravado, sí deberíamos cuestionar si el hecho de poder ir a trabajar todos los días no es en sí mismo el verdadero privilegio. Poseer hoy un puesto de trabajo es una bendición. Y si tiene el marchamo de “para siempre” parece que cobra aún mayor dimensión. Es por tanto lógico que ante esa circunstancia de relativa seguridad se nos pida un esfuerzo hacia la sociedad en su conjunto. No estoy en contra de ello, en absoluto, pero sí me gustaría matizar algunas cosas. En principio, entiendo que el privilegio es simplemente contar con trabajo, fijo o no, y por tanto el esfuerzo lo debería hacer todo aquél que recibe un salario, una renta o un beneficio por cualquier actividad empresarial, artística o de cualquier otro tipo. ¿Por qué sólo los funcionarios? ¿No sería más lógico un nuevo impuesto a todo aquél que tenga una nómina, una renta o un beneficio? ¿Por qué debo renunciar yo a mi 5% de salario cuando mi vecino del quinto sigue disfrutando de su sueldo de charcutero, por cierto, mayor que el mío? ¿Es distinta la crisis para él y para mí? Si hay que sacar a España del agujero deberemos arrimar el hombro todos, no sólo los funcionarios. Y, por supuesto, olvidarnos de los pensionistas que en su mayoría malviven con muy pocos euros. Nada de congelación de pensiones, es absolutamente inmoral.

Por otro lado es muy difícil aceptar el tijeretazo en la nómina cuando se observa el derroche, el despilfarro y el gasto absurdo precisamente por parte de los que por no saber gestionar la nación ahora nos piden este sacrificio. Estoy cansado de leer en el B.O.E. la concesión de subvenciones a colectivos de gays y lesbianas de Zimbawe, a la realización de estudios y mapas de clítoris, a la Recuperación de la memoria de las Misiones Pedagógicas (1931-1936) y de la Junta para la Ampliación de Estudios (1907-1939) (sic) y muchas otras zarandajas que nada tienen que ver con la manipulada Memoria Histórica y que son únicamente una vía de financiación de asociaciones afines al Gobierno. A este respecto es muy ilustrativa la consulta del B.O.E. número 290 de 2 de diciembre de 2009 y en el apartado de “Otras disposiciones” leer la Resolución del Ministerio de la Presidencia y las subvenciones que se conceden. Podéis hacerlo, si tenéis estómago, aquí.

Antes de meter mano en nuestras nóminas deberíamos observar en nuestro Gobierno otros comportamientos más acordes con el momento que vivimos. Su forma de entender el poder es verdaderamente singular y la austeridad en sus acciones brilla por su ausencia… pero los funcionarios debemos contribuir al bien común con nuestro recorte. Y mientras ¿seguimos soportando el sectarismo que enciende a media España desde Ministerios ridículos que son, a la postre, pozos negros para nuestra economía?

Hoy ya me he extendido demasiado pero os prometo un jugoso artículo al respecto de este derroche y de la forma de entender la política del socialismo que nos desgobierna. Con más datos que opinión. Os dejo en suspense.

Juanma García Gay