miércoles, 19 de mayo de 2010

Tribulaciones de un funcionario (I)

Llevo varios días agazapado bajo el tomillo, como decía el tío Eufemio cuando esperaba pacientemente, mano tras mano, la oportunidad de cazar a algún incauto que le hubiese retado al mus. No he visto en mi vida mejores muses negros. Pero no, no me llega la mano ganadora, no me viene la idea feliz con la que ilustrar mi sordo cabreo funcionarial. Leo en prensa y escucho en radio opiniones variopintas. Algunas las comparto, otras me encienden. Este país sigue anclado en el arquetipo y pocas son las reflexiones serias al respecto. ¿Qué es un funcionario? ¿Es necesario un funcionario? ¿Es justa su retribución? ¿Es justa su reducción de salario en momentos de crisis? ¿Qué le hace diferente, de ser así, al resto de los trabajadores? ¿Por qué levantamos envidias y fobias con la misma facilidad? Yo tengo mis subjetivas respuestas, pero es mi versión. No pretendo estar en posesión de la verdad absoluta, pero este es mi blog… y en mi casa digo lo que quiero. Los que gastáis algún minuto entre estas páginas tenéis vuestro espacio de opinión también. Y sin moderar, así que espero leer vuestras reacciones.

A nadie puede haberle sorprendido el paquete de medidas, por fin, que hace unos días anunció Zapatero en el Congreso. Eran absolutamente previsibles, necesarias… y resultarán insuficientes. Después de meses de agonía, de negar empecinadamente la evidencia, de rechazar el consejo y ayuda de la oposición y de mentir descarada y deliberadamente al pueblo español, Zapatero ha tenido que bajarse los pantalones ante la presión de nuestros “tutores”, los europeos y el americano. Y aunque todo esto da para muchos artículos que no descarto, hoy sólo quiero reflexionar en voz alta desde mi condición de funcionario público y lo que ello significa. Al menos para mí.

Creo necesario revelar algunos datos que habrán de servir de antecedentes a toda reflexión posterior. Sé que cada funcionario tiene su propia historia, todas distintas, pero esta es la mía.

Aprobé mi oposición a la AEMet (Agencia Estatal de Meteorología, entonces Instituto Nacional de Meteorología) en un proceso de 6 exámenes eliminatorios que culminó en marzo de 1.991. Fui uno de los 54 “agraciados” de entre los 9.000 aspirantes, una oposición no muy masificada dado el carácter técnico de la misma pese a ser del grupo C. Para opositar a este grupo, el C (en la actualidad denominado C1), académicamente sólo es necesario estar en posesión del bachillerato superior o equivalente. En mi promoción, 53 de los 54 integrantes de la misma éramos universitarios en distinto grado, titulados o en curso, la mayoría en carreras técnicas, Ingenierías, Arquitectura –mi caso– y en Física. Sólo una persona accedió directamente desde el bachillerato y, casualmente, su pareja progenitora eran ambos –siguen siéndolo– funcionarios “de la casa”. Mi primer puesto de trabajo fue en Huelva y dos años más tarde conseguí plaza en Teruel. Después de nueve años en tierras aragonesas marché para Almagro (Ciudad Real) y hace sólo un año que estoy destinado, por fin, en Madrid. No es difícil el cálculo: trabajar en la ciudad en la que viven y siempre han vivido mi mujer y mis hijos me ha costado 18 años. Mucho más difícil es cuantificar los kilómetros y número de horas al volante que he pasado en este tiempo, desplazándome de casa al trabajo y de vuelta a casa.
Cada año cuento con mis doce salarios mensuales más dos extra, de verano y de Navidad, que son muy inferiores en cuantía pues, aunque en los últimos años se han ido incrementando, hasta ahora las “extras” sólo incluían el salario base sin complementos. Mi promoción profesional es nula, inexistente. Salvo algún imprevisto “premio” en forma de “libre designación”, lo que en lenguaje llano sería el mamoneo, el enchufe, el dedo…, que no busco ni he buscado jamás, me jubilaré exactamente en el mismo puesto de trabajo y categoría profesional que me correspondieron en 1.991. Las especiales características de la AEMet y de nuestros puestos de trabajo, de las peripecias de nuestra reciente conversión en Agencia, de la interesada y disparatada política interna de concursos y comisiones de servicio, es algo que os voy a ahorrar a mis escasos lectores por no ser de interés más que para los que lo sufrimos en primera persona.

Cuando en 1.991 tuve que desplazarme a 650 kilómetros de mi domicilio para ocupar mi puesto de trabajo no lo tomé como un castigo. La juventud me ayudó a verlo como un reto, como un ilusionante primer paso de mi carrera profesional. Cuando después de tres meses de trabajo recibí mi primera nómina, con ella recibí también el primer leñazo. Tres meses al setenta por ciento –como funcionario en prácticas se cobraba ese porcentaje– sumaban en conjunto aproximadamente la mitad de lo que yo percibía hasta entonces mensualmente en mi anterior trabajo. En la soledad de mi despacho onubense miré en todas direcciones… pero no, no había ninguna cámara oculta.

Y no sabía que estaba en mi mejor momento. Desde aquél lejano 1.991 se han sucedido invariablemente los años, uno tras otro, en los que mi incremento salarial ha sido inferior al incremento del I.P.C. Recuerdo incluso dos congelaciones. Hace un lustro, un compañero publicó en un blog interno de “meteos” el cálculo aproximado de la pérdida de nuestro poder adquisitivo. Resultó demoledor, en los veinte años anteriores superaba el 30%. De esto hace cinco años y la situación desde entonces ha empeorado. Y no digamos cuando suframos la guillotina de las próximas medidas anunciadas por Zapatero.

Por hoy ya es bastante. Vuelvo bajo mi tomillo a ver si los hados me visitan y me inspiran para próximas entregas, que me da que estoy pariendo un ladrillo.

Juanma García Gay