viernes, 30 de abril de 2010

Me morí de envidia

Aunque la fecha no es la misma para los distintos países europeos, el pasado domingo 25 de abril en Italia se celebraba el 65 aniversario del final de la II Guerra Mundial. Me pilló de sorpresa en Turín, en una pequeña escapada turística. Al caer la tarde del sábado, la Piazza Castello se fue llenando de grupos que llegaron uno a uno en su propio desfile desde distintas direcciones. Unos con banda de música, otros sólo con tambores, otros más rústicos detrás de una furgoneta con megafonía y algunos, los menos, sin acompañamiento musical. Todos ellos llevaban velas y antorchas lo que resultó un vistoso espectáculo en el crepúsculo primaveral. Allí aparecieron brigadas de resistencia del Piamonte, antiguos combatientes de distintas secciones del ejército italiano, amigos de éste o aquél grupo de resistencia, asociaciones de hijos de combatientes, de recuerdo a la memoria de la gesta de no sé qué pueblo que luchó valeroso hasta la exterminación, colegios y academias, multitud de partidos políticos e incluso, un sorprendentemente silencioso grupo de homosexuales y lesbianas (permítanme que prefiera no llamarlos gays por motivos evidentes) en tranquila marcha detrás de su furgoneta musical.

Todos llevaban sus correspondientes pancartas con su filiación y procedencia. Cientos de coloridos escudos y estandartes, banderas y banderines. Todo color y alegría. Y todos ellos, combatientes, huérfanos, amigos, políticos o sarasas, bajo la tricolor italiana. Me morí de envidia.

Cuando todos se hubieron concentrado en la plaza, ya noche cerrada, apagaron sus antorchas y los principales representantes de cada grupo se subieron a un luminoso escenario levantado al efecto. Uno a uno desgranaron su discurso. Fueron muchos y por ello breves. Me senté en un banco de piedra mientras engullía mi porción de pizza callejera y mi bote de cerveza helada. Escuché a enérgicos militares en activo, ancianos combatientes, melodiosos mariquitas, un par de periodistas y casi una decena de políticos de todo pelaje. Salvo alguno de ellos, tibiamente abucheado por lo que supuse que sería un político local, todos fueron aplaudidos con fervor. Todos aplaudieron a todos. Todos escucharon a todos. Todos celebraron el discurso de todos. Todos sin excepción, repito por si ha pasado desapercibido: TODOS SIN EXCEPCIÓN hablaron de patria, de unidad y de orgullo nacional. Me morí de envidia.

Dicen que los italianos y nosotros somos los europeos más parecidos. Incluso el idioma puede balbucearse con un pequeño esfuerzo y al poco tiempo de llegar, nosotros allí o ellos aquí. Dicen que el aceite de oliva y los vinos son primos hermanos, que un pasado íntimamente común nos une, que pese a las notables diferencias somos los latinos más latinos. Y es cierto que un español en Italia o un italiano en España se siente cómodo, muy cómodo. Pero el sábado, escuchando aquellos discursos de unidad y amor a la patria, de sentido común y de progreso, sí, de auténtico progreso… me morí de envidia.

Juanma García Gay