martes, 2 de febrero de 2010

Cuando olvidamos a Dios

El pasado 27 de enero, al cumplirse el 65 aniversario de la liberación de los campos de concentración y exterminio de Auschwitz por parte del ejército rojo ruso durante la II Guerra Mundial, las páginas de los diarios se han llenado de estremecedores relatos de tan tristes episodios de nuestra historia reciente. Aún son muchos los supervivientes de aquellos terribles hechos y sus testimonios siguen constituyendo hoy una lacerante constatación de la miseria del alma humana.

Narrada la vergüenza con mayor o menor fortuna -aún hay quien niega el holocausto-, cualquiera de los relatos consigue estremecer. No transcribiré aquí las documentadas atrocidades de aquellos días, no es mi intención la recreación cruel y morbosa de aquél exterminio. Ni siquiera aportaré cifras o datos. Lo que ocurrió, terrible y dramático, debe llevarnos a la reflexión y me ahorro redactarla pues ya lo ha hecho el maestro Aleix Vidal-Quadras como certero colofón a su excelente artículo del blog Prohibido pisar las flores: “La evidencia palpable de la existencia del Mal en su máximo grado purifica y prepara para derrotarlo de nuevo porque lo que Auschwitz nos demuestra es que las tinieblas seguirán acechando, prestas a devolvernos al infierno si bajamos la guardia, aunque sea un instante, frente a su incesante ataque”.

Me pareció muy interesante y recomendable la película alemana Die Welle (La Ola, 2008) que aborda sin tapujos la realidad del liderazgo, las dictaduras y la enajenación colectiva. Una valiente reflexión del cine alemán, una nación precisamente herida por esas fieras. El film está basado en hechos reales, un esclarecedor experimento realizado en 1967 por Ron Jones, profesor de Historia en un instituto de Palo Alto, California.

No he estado aún en Auschwitz por lo que poco más puedo añadir. Sin embargo, la lectura de tantos pasajes, artículos y posts, me ha despertado sensaciones conocidas. La opresión en el pecho, la necesidad de tomar aire, suspirar y ensanchar pulmones, la espesa y ácida saliva cercana a la nausea… lo mismo que sentí hace más de veinte años en Hiroshima.

Para un joven que no alcanzaba el cuarto de siglo y que realizaba su primer viaje al extranjero, aquella fue una intensa experiencia. Tuve la suerte de pasar todo un verano en Japón con mi amigo, casi hermano, Naoki. Si la visita de aquél atractivo país ya constituía una maravillosa expectativa para mí, la realidad multiplicó por mil las más imaginadas experiencias gracias al acompañamiento de tan cercano guía y el desvelo de toda su familia. Pregunté a su entonces octogenario abuelo, hoy fallecido rondando el siglo de vida y testigo de la Guerra, acerca de su visión de aquéllos días. Nunca olvidaré su especial tono de voz, su musical cadencia y el respetuoso silencio del resto de la familia mientras cenábamos. Me transmitió algo que me inquietó pues no fui capaz de entenderlo. El pueblo japonés asumió que aquél castigo era merecido por su tradicional crueldad y su terrible comportamiento con los pueblos vecinos, sus periódicas invasiones y sus particulares “hazañas” en Corea, Rusia y China. La destrucción de Hiroshima y Nagasaki, hechos que precipitaron el final de la II Guerra Mundial, queda sumido en el subconsciente japonés como la consecuencia de una actitud vergonzosa y que, con la asunción del castigo, resulta algo también vergonzoso en sí mismo. No les gusta hablar de ello, no lo quieren recordar. Si acaso, admiten que aprendieron la lección pero prefieren idealizar a los norteamericanos como ángeles custodios que ayudaron a la reconstrucción del país tras la guerra. Aquellas explicaciones del abuelo Ishikawa, arrancadas por mis tal vez inoportunas preguntas, fueron un doloroso regalo que me brindó con el respeto y cariño del maestro que regurgita una amarga lección vital, nada que se pueda encontrar en los libros.

Días más tarde pisé Hiroshima. El impacto fue brutal. La visita del Museo de la Paz, en el Parque del mismo nombre, es una experiencia inolvidable. Tras la vivencia, toda una mañana, caminé junto a Naoki durante horas por el parque… sin dirigirle la palabra ni él a mí, en un amargo silencio imposible de explicar.

Siempre dije que aquél museo, o el de Nagasaki que visité apenas una semana más tarde, deberían ser itinerantes. Lo que guardan aquellas paredes no puede quedar sólo allí, debe salir al mundo, visitar pueblos y naciones y tocar su corazón, herir la sensibilidad de todo hombre de bien y no quedar en el avergonzado y voluntario olvido del pueblo japonés. No hay mejor lección que la vivida, la palpada con las manos, por eso yo no olvidaré jamás como tampoco olvidará quien ha respirado el denso aire de Auschwitz.

Demostrado queda que el hombre es capaz de degradar su alma y olvidar a Dios. Mantengámonos alerta.

Juanma García Gay

11 comentarios:

  1. Sólamente dos veces en mi vida he sentido El Mal oprimiéndome, flotando a mi alrededor. El que no haya percibido nunca esta sensación no sé si podrá entenderme, pero ésta se percibe como un hálito envolvente que te impide sentir y respirar con normalidad. Percibes que algo infame ocurre o ha ocurrido allí; algo que ha dejado una huella indeleble en el lugar para recordatorio de los que llegamos después. Una fué en las puertas del campo de Dachau, en las afueras de Munich. No tuve el arrojo de entrar siquiera. La otra fue paseando por el parque que se ve en tu foto de Hiroshima, junto al pequeño túmulo donde están las cenizas de 70.000 personas que murieron el día del bombardeo. En ambos casos, la primera reacción es de tristeza infinita, de recuerdo hacia las personas que allí estuvieron y sufrieron. Pero después,tenemos que sobreponernos y luchar, y recordar siempre, como Poe en El Cuervo: ¡Nunca más!

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  2. Es cierto lo que dices. Se siente una infinita tristeza. Gracias por tu comentario.

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  3. No había caído en esta elaboración del pueblo japonés, de asumir su responsabilidad, su culpa, y por tanto, su consecuente castigo por las crueldades perpetradas. más precisamente, por los pecados cometidos, lo cual es de una cercanía asombrosa al sentimiento judeocristiano, al sentimiento de la antropología cristiana, para los cristianos, ley natural.
    Y en estos días me ha venido claramente la imagen de una omisión de Franco, y de los españoles que asumieron la historia española, de haber creado un museo de los horrores del comunismo en España, que nos hubiera evitado a nosotros y a cualquier país occidental, tener que volver a gustar las hieles del error radical del socialismo.
    Un museo de la persecución a muerte de la iglesia en todas sus manifestaciones, donde apareciera claramente el perdón que los cristianos, ante la injusta muerte del inocente, hacen de sus verdugos como hizo su Maestro, donde los españoles nos quedáramos con la lección magistral de nuestra historia, de cómo somos capaces del perdón con la ayuda de Dios.
    También pienso que el no crear este museo es otro modo de perdonar, que es al final lo importante.

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  4. Difícil no estar de acuerdo contigo, Juanma. Olvidarse de Dios es olvidarse del hombre porque que el Eterno exista de verdad o que nos lo inventemos, nos permite poner un límite a la locura homicida. Es una frontera... Allí donde se derribaron los templos, adoraron al hombre, al tirano y su momia, como hacen todavía miles de rusos cada día con la de Lenin.
    Hace quince tacos escribí a la entonces concejala de cultura, proponiéndole:
    1. Monumento a las víctimas del terrorismo.
    2. Monumento y placa a nuestros compatriotas asesinados en Mauthausen.
    3. Un museo de la Guerra Civil, para documentar y superar la memoria del dolor, las bestialidades de ambos bandos y sus víctimas.

    No me hizo nadie caso, estoy acostumbrado.
    Nuestros muertos de Mauthausen, Paracuellos o del Goyerri siguen olvidados en las cunetas de la historia...

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  5. De guerras se puede escribir hasta llenar los estantes de una biblioteca. De Auschwitz recuerdo el comentario de un antiguo amigo alemán, que vino de visita por mi tierra, que me contó cómo le impresionó, hasta provocarle el llanto, ver en los antiguos hornos crematorios zapatitos de niños, de casi bebés, acumulados allí, para mostrar a las generaciones venideras lo que nunca debería repetirse. Y con esa vergüenza, convertida en orgullo -orgullo por saberse capaces de rectificar y no cometer tantos errores ni tantas barbaridades- me hablaba aquel alemán. Algo parecido a lo del anciano japonés.

    Porque cada guerra no tiene un bando bueno y uno malo. Tiene a dos bandos enfrentados. Quizá sea excepción, o más difícil de ver, cuando es uno de los bandos quien ataca al otro en su casa, y planta sus tropas a las puertas del invadido. Pero en todo caso son dos bandos, cada uno con sus intereses. Y como quiera que las palabras dejan paso a las bombas y a los proyectiles, los resultados son catastróficos.

    Por eso creo que la única forma de salir de ahí una vez ha pasado todo, y no quedan más que ruinas y rencores, es haciendo borrón y cuenta nueva, y un fuerte propósito de enmienda, reconociendo qué pudo haber hecho uno mismo para que aquello sucediera y que, no obstante, podría haber evitado. Como reconocía ante ti el anciano japonés de tu historia.

    A eso se le puede llamar reconciliación. Con uno mismo. Con todos los demás. Y, para los creyentes, con Dios mismo.

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  6. Buen artículo, Juanma.

    Como dicen en la película Sospechosos Habituales: "La mayor victoria del Demonio es que el hombre crea que no existe.". Nuestra naturaleza nos lleva inexorablemente hacia actitudes malas y egoistas, mientras que Dios nos empuja al amor, la humildad y la generosidad.

    No debemos olvidarnos nunca de Dios, porque algún día rendiremos cuentas ante él.

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  7. Alberto y Luis os habéis acercado mucho en vuestros comentarios. El hecho de la no existencia de esos museos o monumentos puede suponerse, como dice Alberto, un gran acto de amor, la demostración palpable del perdón... pero yo no lo creo. Más bien pienso que es fruto de la dejadez, del complejo tradicional de la derecha y de que la izquierda ha sabido tomar las riendas para dictar lo que es y lo que no es políticamente correcto. Sea como fuere, hemos perdido la capacidad didáctica de esos museos y monumentos. Qué duda cabe que quien entra en un museo aprende una lección; el que visita Auschwitz o Hiroshima también. En mi opinión, todo acto fruto de la barbarie humana ha de ser exhibido y publicitado. No para recrearse morbosamente en él ni para acusar eternamente a quien lo cometió, sino como aviso para navegantes... el Mal existe y, como bien recuerda Moncho, "la mayor victoria del Demonio es que el hombre crea que no existe". Si nos sorprendemos por lo que otros como nosotros han sido capaces de hacer y si, sobre todo, nos mantenemos alerta, es menos probable -no imposible, por supuesto- que volvamos a dejar a Dios de lado.

    Xixarro: tienes razón, pero es lo más difícil. Ojalá se intentase siempre ése borrón y cuenta nueva, resarcir la memoria de unos y otros, no sólo de unos y "contra" los otros, y se pretendiese de verdad y de corazón la reconciliación. Desde luego en nuestro país se ha hecho un aceptable intento con la denominada "transición" que, en mi opinión, aún está inconclusa -pero esto ya lo explicaré en otro momento-. Sin embargo creo que en los últimos años no se han hecho bien las cosas en ese sentido, se han reavivado muchos odios y se han intensificado fracturas que ya se habían dado por agua pasada. No me voy a extender más en esto que, sin duda, da para mucho más.

    Moncho: te digo lo mismo que a Raúl, me alegra un montón encontraros por aquí. Como bien dices, se trata de la constante lucha de la imperfecta y pecadora naturaleza humana contra la presencia y el mensaje Divino. Y en eso estamos, tropezando, tropezando...

    Un fuerte abrazo para todos y gracias por leerme.

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  8. Lo primero que tengo que decirte Juanma, es mi más sincera enhorabuena por haber creado un blog como este. Algo agradable y casi necesario para poder expresar en libertad unas opiniones o pensamientos polticamente considerados incorrectos por una sociedad enferma, que ha perdido el norte y unos valores que hicieron de nuestro país una nación de la que podias sentirte orgulloso.

    Me llena de satisfacción la lectura de este blog y de la gente que escribe en él. Suscribo las opiniones expresadas, pero tengo que expresar mi pesimismo en temas como la educación, algo fundamental para nuestros hijos y para el futuro de España (cada día mas incierto).
    Desde mi punto de vista el problema esta en la falta de voluntad de dialogo real que tienen nuestros compatriotas seguidores del pensamiento único debido sobre todo al sentirse poseedores de la verdad situada en su puño izquierdo, con lo cual es muy dificil dialogar y mucho menos razonar cualquier tipo de cuestión con un mínimo de sentido común cuando expones algo lógico pero que se aparta de sus consignas.

    Me gustaría ser menos pesimista, pero la realidad se impone, no somos catastrofistas, simplemente realistas y por supuesto nunca antipatriotas. Como decian los escritores decimononicos "España nos duele".

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  9. Cómo me gusta esa expresión del anterior participante: "poseedores de la verdad situada en su puño izquierdo"....

    Eso es una definición tan original que no se me ocurre ninguna que se le aproxime.

    En fin...

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  10. Un fuerte abrazo José María. Me alegra que te agrade el blog y espero no defraudarte, a tí ni a nadie, en el futuro.

    Yo quiero ser algo más optimista respecto al futuro. Creo que no podemos ir a peor y, en materia educativa que es la que tratamos hoy, creo que vamos por buen camino al haber iniciado el acercamiento para un pacto. Veremos en qué queda pero, de momento, hay que estar esperanzado, es la primera vez que se habla de ello desde el inicio de nuestra democracia... y ya ha llovido.

    Lo dicho, un fuerte abrazo.

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  11. Dios te oiga Juanma, desde mi punto de vista, cuando se hace lo humanamente posible por mejorar no se nos puede pedir más. Me alegro que haya gente con esperanza y que luche con ahinco y sentido común por el bien de todos.

    Animo Juanma

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