sábado, 23 de enero de 2010

La necesidad del pacto

Recuerdo con claridad el desasosiego de tener que negociar con Sergio quién debía ser Trampas y quién El Virginiano y así repartir nuestros sombreros de plástico blanco y negro –los asquerosamente jóvenes que no sepan de qué hablo que se lo pregunten al tío Google que todo lo sabe–. Ambos queríamos ser Trampas que era mucho más divertido, ingenioso y simpático y ninguno se resignaba a disparar su colt de juguete tocado con el sombrero negro de El Virginiano, mucho más serio, formal y aburrido. La negociación se zanjaba con un pacto temporal, yo un rato y tú otro, o con el trueque de medio bocata de nocilla. Lo más duro era vencer el natural egoísmo infantil pero no había más remedio. La alternativa era no jugar. Si alguno se ponía cabezón, el otro se negaba a jugar y si la cosa llegaba a mayores, las voces atraían al Sheriff que nos confiscaba sombreros y pistolas y, a veces, nos castigaba a hacer los deberes o a concluir la tarde meditando en nuestros respectivos cuartos. Por tanto, pronto aprendimos a negociar y ceder, a aceptar ése desagradable cosquilleo estomacal que causaba el sombrero negro, a esperar turno para el blanco y comprender que aquello era, en definitiva, lo mejor para los dos, la única forma de jugar.

Han pasado muchos años desde entonces y hoy incluso está mal visto que los niños se tiroteen en los escasos parques y jardines en los que botan y corren azotándose el culo a modo de galope equino. Hemos llegado a un estado tal de imbecilidad que aquél juego de infantes pistoleros lo tildamos de agresivo y, sin embargo, no se nos escapa una mueca contemplando la sangre que salpica cuando nuestros hijos descuartizan alliens o soldados de otro color desde la comodidad de su habitación con los botones de su pleiesteision. Pero este es otro tema.

Cambiemos el tercio. Llevo años dando el coñazo, a los pocos que me escuchan, con mi preocupación por la educación de nuestros niños y jóvenes. Analizando los resultados, nuestro sistema educativo es un auténtico desastre. El prestigio de nuestras Universidades y sus licenciados, antaño ambos muy bien valorados, desciende vertiginosamente en el contexto internacional año tras año. El índice de fracaso escolar va en aumento. Hay materias como la Historia que no parece la misma si se estudia en Tarragona o en Segovia. El desbarajuste de las lenguas regionales y la presión que absurdamente se ejerce sobre el Castellano, limitan el aprendizaje y comprometen el futuro de nuestros hijos. La imposición de asignaturas como la discutida Educación para la Ciudadanía, dudosamente formativa y claramente inductora al pensamiento único, complica aún más el panorama. Y si, además, relajamos el sistema permitiendo que los niños pasen de curso con mayor facilidad, arrastrando mayor número de asignaturas sin superar, debilitamos la figura del profesor y no premiamos el esfuerzo personal, ya sabemos a dónde llegamos.

Recupero el hilo del primer párrafo: para disparar a mi hermano y él a mí, para divertirme jugando con él, tenía que haber negociado antes sombreros y pistolas. Y ahí quería yo llegar. El desasosiego de aquellos días y el desagradable cosquilleo estomacal que mencionaba más arriba, es exactamente el mismo que experimento hoy al escuchar los avances hacia un pacto en materia educativa entre los dos partidos mayoritarios españoles. Defiendo a muerte esta iniciativa y la considero fundamental. Si de niño no quería el sombrero negro, hoy no quiero EpC. Y el Partido Popular tampoco. Pero entiendo perfectamente, y comparto, el cambio de discurso: lo que ayer fue la promesa de eliminar la asignatura hoy es una apuesta por cambiar sus contenidos. Y comprendo también al votante que protesta por el giro pero, sin amplitud de miras y sin aceptar que cualquier negociación conlleva llegar a terrenos menos propios, estamos condenados a cambiar la Ley educativa cada vez que también cambie el signo del gobierno. Ya es hora de encontrar ése terreno en el que todos permanezcamos razonablemente sosegados. Ya es hora de que la estabilidad llegue a los colegios e institutos. Ya es hora de recuperar el prestigio de nuestras aulas y el respeto por nuestros profesores. Y, sobre todo, es una obligación moral que debemos a nuestros hijos: ofrecerles un sistema estable del que salgan formados, competentes y competitivos ante la sociedad globalizada del mundo actual.

De pequeño fui muchas veces El Virginiano… pero jugué y jugué y jugué.

Juanma García Gay